
Luego de meses de especulaciones y declaraciones de dirigentes xeneizes a favor de su regreso, Boca reincorporó a Sebastián Villa y compró su pase a Independiente Rivadavia por 7 millones de dólares. Una cantidad millonaria de dinero que representa el valor de la impunidad.
Esta contratación trasciende una mera decisión deportiva: constituye una grave minimización de la violencia de género. Villa fue denunciado en 2020 por violencia física, psicológica y amenazas contra su pareja, causa por la que fue condenado en 2023 a dos años y tres meses de prisión condicional. En 2022 volvió a ser denunciado por otra pareja por violencia de género y abuso sexual. Boca nunca le aplicó sanciones ni rescindió su contrato: sólo decidió protegerlo. Y ahora el club tomó la determinación de volver a contratarlo.
Mientras Boca recontrataba a Villa, un nuevo caso volvió a poner en evidencia la persistencia de la violencia de género en el fútbol argentino.
Esta semana, Gonzalo Morales, jugador de Barracas Central a préstamo desde Boca, fue denunciado por su pareja en redes sociales y ante la Justicia por violencia física, amenazas y privación de la libertad. Frente a la denuncia, Barracas apartó de forma preventiva al jugador del plantel.
Aunque actualmente la mayoría de los clubes argentinos cuentan con protocolos y áreas de género, es notable que no son medidas suficientes, sobre todo cuando muchas dirigencias (integradas casi exclusivamente por hombres) siguen demostrando que prefieren proteger a varones violentos frente a las denuncias que reciben.
Es un pacto machista que no se puede soslayar. A su vez, los clubes no afrontan las responsabilidades institucionales que les corresponden.
¡Ningún gol ni ningún negocio vale más que el derecho de las mujeres a vivir una vida libre de violencias! ¡Por un fútbol libre de violencia machista!
¡No hay lugar para la impunidad en las canchas ni fuera de ellas!