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En la Argentina de Milei, llegar a fin de mes es cada vez más difícil. La deuda de los hogares crece mientras los ingresos no alcanzan para sostener el costo de vida. Cuando el salario no alcanza, las familias recurren a tarjetas, préstamos, billeteras virtuales, financieras, compras en cuotas, fiado o incluso a familiares y amistades.
Pero la deuda no impacta de la misma manera en todos los hogares. La deuda también tiene género.
Las mujeres parten de una situación económica más desigual: menores ingresos, mayor precariedad laboral y una responsabilidad desproporcionada sobre las tareas de cuidado.
Cuando el Estado se retira y los ingresos pierden capacidad de compra, una parte de los costos de la reproducción de la vida se traslada directamente a los hogares y, dentro de ellos, especialmente a las mujeres.
La deuda se convierte así en una herramienta para comprar alimentos, pagar servicios, medicamentos, alquileres, transporte, educación o gastos vinculados a la crianza.
No se trata solamente de “consumir más”. Muchas veces, endeudarse es la forma de seguir viviendo.
Esta desigualdad se profundiza en los hogares monomarentales, donde una sola mujer sostiene económicamente el hogar y, cuando la cuota alimentaria no llega, el trabajo es precario o las políticas de cuidado se retraen, la diferencia se cubre de alguna manera: con más trabajo, con menos consumo, con redes familiares que también se agotan y, cada vez más, con deuda.
Por eso hablamos de feminización de la deuda. Porque no todas las personas tienen el mismo ingreso, las mismas responsabilidades ni las mismas posibilidades de afrontar una emergencia.
La deuda no es solamente financiera. También es social, económica y de género.
No hay verdadera libertad cuando endeudarse es la única manera de llegar a fin de mes.
¡Vivas libres y desendeudadas nos queremos!