
Un 20 de agosto de 1996 moría Carlos Jáuregui. Tenía 38 años.
Desde entonces, esta fecha se convirtió en una oportunidad para recuperar su historia y, sobre todo, el sentido político de su militancia. Jáuregui entendía la diversidad como una lucha por derechos, igualdad y libertad.
Por eso militó contra la persecución policial, reclamó el reconocimiento de derechos, impulsó la organización colectiva y construyó puentes con otros movimientos sociales. Hizo de la visibilidad una herramienta política y de la diversidad una bandera inseparable de la libertad.
No luchaba solamente para que las personas LGBTIQ+ pudieran ser quienes son. Luchaba para que pudieran vivir con los mismos derechos, la misma dignidad y la misma libertad que las demás personas.
Treinta años después de su muerte, nos seguimos preguntando: ¿qué hacemos con las libertades que conquistaron quienes estuvieron antes? La respuesta no puede ser el silencio.
Porque cuando un derecho se conquista, no termina la lucha. Cuando una voz se apaga, otras tienen que hacerse escuchar. Y cuando intentan convertir la diversidad en una amenaza, militar la libertad vuelve a ser una urgencia.
Carlos Jáuregui nos dejó una certeza: “El origen de nuestra lucha está en el deseo de todas las libertades.” Y ese deseo no entiende de fronteras, de identidades ni de privilegios.
Y que la libertad sólo será libertad cuando sea de todas las personas.