
La semana pasada, Valentín Alcida (22) asesinó a su pareja, Sophia Civarelli (22), en el departamento donde convivían hacía pocos meses en la ciudad de Rosario, Santa Fe. Alcida intentó encubrir el femicidio como un suicidio: le escribió a una amiga sosteniendo esa versión falsa, dejó una carta y luego se suicidó.
En la red social X (ex Twitter), el femicida se definía como “argentino, de derecha y león” (en alusión a su fanatismo por Javier Milei y La Libertad Avanza) y difundía discursos odiantes, racistas, misóginos y violentos. De manera activa, reposteaba contenidos que denigraban a las mujeres y a las personas LGTBI+, con frases como “los put*s no deberían opinar” o “solo hay una solución: plomo”, y también retuiteaba memes que banalizaban los femicidios. Un perfil casi calcado al de Laurta, el femicida de “Varones Unidos”, que asesinó a su ex pareja, a su ex suegra y raptó a su hijo, y sobre quien también pesa una condena por pedofilia.
Estos discursos no son simples “opiniones”: construyen un clima donde la violencia se legitima, se justifica y se vuelve tolerable. Cuando se instala que las mujeres exageramos, que denunciamos falsamente o que el feminismo es el problema, se habilitan prácticas de control, posesión y violencia machista.
Nombrarlo no es exagerar. Visibilizar los perfiles de los femicidas y conocer sus rostros tampoco. No son monstruos: son hijos sanos del patriarcado.
La violencia de género no empieza con el golpe: tiene su raíz en desigualdades estructurales que persisten y se sostienen con la naturalización de estos discursos odiantes, legitimados incluso desde los más altos niveles de decisión política de nuestro país. En Argentina hay un femicidio cada 33 horas. Desmantelar políticas con perspectiva de género, deslegitimar la lucha de los feminismos y amplificar discursos de odio arenga la violencia y aumenta el riesgo para las víctimas.
Basta de discursos de odio. Justicia por Sophia.